Algunas veces me pregunto por qué las mariposas baten sus alas tan rápido. Sigo el vaivén de su vuelo como si en ello fuera a descubrir la respuesta a alguno de mis problemas.
No hace mucho que dejé de creer en lo inmenso de las cosas. Mi padre me enseñó que es en los pequeños detalles en los que hay que prestar especial atención, como en las mariposas y su vuelo. Los detalles en los que deberíamos afinar nuestra puntería, a los que no prestamos atención y que de alguna manera marcan el curso de muchas de las acciones de nuestra vida.
Esa mariposa no tiene una antena. ¿Qué es una mariposa sin una antena sino un bicho quebrado por el tiempo? Tiempo que es corto. Tiempo que se le escapa en el batir de las alas. A lo mejor por eso las baten tan fuerte y rápido.
Y ahora pienso en mi vida, y en cuántas batidas tendré que dar yo para reaccionar ante ese paso del tiempo que se desvanece entre mis pensamientos, en mi parálisis expectante ante el mundo. Y miro a lo lejos y solo veo edificios y coches que desfilan por caminitos hechos para llegar a ningún sitio.
¿Podría esa mariposa sobrevivir en un jardín de ladrillos, pintura, ruido y humo?
¿Podría cualquier mariposa, antes del último aleteo de su vida, vivir en un jardín sin jardín?
¿Y yo?
