lunes, 2 de marzo de 2009

Jardín sin jardín


Algunas veces me pregunto por qué las mariposas baten sus alas tan rápido. Sigo el vaivén de su vuelo como si en ello fuera a descubrir la respuesta a alguno de mis problemas.

No hace mucho que dejé de creer en lo inmenso de las cosas. Mi padre me enseñó que es en los pequeños detalles en los que hay que prestar especial atención, como en las mariposas y su vuelo. Los detalles en los que deberíamos afinar nuestra puntería, a los que no prestamos atención y que de alguna manera marcan el curso de muchas de las acciones de nuestra vida.

Esa mariposa no tiene una antena. ¿Qué es una mariposa sin una antena sino un bicho quebrado por el tiempo? Tiempo que es corto. Tiempo que se le escapa en el batir de las alas. A lo mejor por eso las baten tan fuerte y rápido.

Y ahora pienso en mi vida, y en cuántas batidas tendré que dar yo para reaccionar ante ese paso del tiempo que se desvanece entre mis pensamientos, en mi parálisis expectante ante el mundo. Y miro a lo lejos y solo veo edificios y coches que desfilan por caminitos hechos para llegar a ningún sitio.

¿Podría esa mariposa sobrevivir en un jardín de ladrillos, pintura, ruido y humo?

¿Podría cualquier mariposa, antes del último aleteo de su vida, vivir en un jardín sin jardín?

¿Y yo?


domingo, 1 de marzo de 2009




“Chsss…Escucha como las gotas de lluvia golpean el suelo…”dijo Urri moviendo su mano por encima de las sabanas de su cama deshecha. Su piel sentía el calor de la cama. Otro dedo alcanzaba su mano. Esta vez sentía que podía parar el tiempo. La otra mano se acercaba más deprisa aún. El ruido dio la pista a Urri para quitar su mano rápidamente y evitar ser alcanzada. Giró su cara y dibujó una sonrisa. Ahora esa mano astuta volvía a dibujar la sonrisa como para memorizarla en el tiempo.

“No me has dicho nada desde hace un rato” dijo Thomas. Ella contestó con una mirada como si quisiera atrapar cada instante. “No quiero que esto se acabe.”

Al día siguiente empezaría la rutina otra vez. Juegos de miradas cómplices. Gestos que nadie percibía. Todo el mundo era ajeno a lo que se cocía.

Se desvanecía todo a su alrededor. Ya no había trabas y habían comprendido por fin las reglas del juego. Cada uno había dejado atado los cabos de su vida de tal manera que los dos podían compartir cada instante.

Thomas escuchaba.

Urri intentaba tararear la música marcada por la lluvia.

Thomas cerraba los ojos.

Urri pensaba.

¿Por qué no iban a ser ellos también felices?